Por Mariana Massa, de la Redacción de Baires Centro.
Este domingo 1° de noviembre, Ernestina cumple 130 años. La localidad ubicada en el norte del Partido de 25 de Mayo nació al calor del ferrocarril, pero sus raíces se remontan varias décadas atrás y están ligadas a una familia cuya historia se entrelaza con algunos apellidos destacados de los primeros años de la Argentina.
La fecha encuentra a la comunidad en medio del sinsabor de una polémica que puso al pueblo en el centro de la escena por un informe televisivo sobre supuestos fenómenos paranormales, torturas y muertes.
Frente a ese relato, desde Baires Centro, entrevistamos al historiador Rubén Rosendi, quien propone volver sobre la historia, recuperar las huellas de sus protagonistas y poner en valor a una comunidad que, como tantas otras del interior bonaerense, lucha por sostenerse frente al paso del tiempo y la pérdida de habitantes.
Con respecto al entrevistado, Rubén Rosendi, cabe mencionar que su chozno abuelo fundó Noberto de la Riestra, su bisabuela fue la cocinera de Hipólito Yrigoyen en la Estancia Los Médanos de Riestra, dirigió el museo histórico «El Sureño» de Pedernales por casi 20 años, es Historiador de Pedernales, Ernestina y de la famila Keen. Actualmente vive en Navarro, provincia de Buenos Aires.

Rosendi lleva alrededor de cuatro décadas recopilando información, documentos y testimonios sobre Ernestina y otras localidades de la región. Su investigación permite recorrer desde los orígenes de la familia fundadora hasta el desarrollo de un pueblo que llegó a tener una intensa actividad social, comercial, educativa y cultural.
Una historia familiar con raíces en los primeros años del país
Según la reconstrucción genealógica que comparte Rosendi, los antecedentes de la familia Keen se remontan a Jorge Keen, quien llegó desde Inglaterra a Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XIX. Allí desarrolló actividades comerciales y, posteriormente, comenzó a adquirir tierras en distintos puntos de la región del Río de La Plata.
La historia familiar se vincula también con apellidos de relevancia en la formación del país, entre ellos los Álzaga, los Elía y los Cabrera-Saavedra. En esa trama aparece Isabel de Álzaga Cabrera Saavedra de Elía, una importante hacendada de la época, cuya genealogía materna se relaciona con la familia de Cornelio Saavedra, Presidente de la Primera Junta de Gobierno de 1810. Una de sus descendientes fue Nicanora Elía Álzaga Saavedra, quien contrajo matrimonio con Enrique Guillermo Keen. De esa unión nació Enrique Agustín Keen, el hombre que años más tarde impulsaría la formación de Ernestina junto a su esposa, Ernestina Gándara Casares.
La trayectoria de estas familias permite comprender el contexto económico y social en el que se desarrolló la región, atravesada por la expansión de las grandes estancias, la producción agropecuaria y la adquisición de tierras.
Un pueblo que nació con el ferrocarril
Enrique Agustín Keen, doctor en leyes, heredó y continuó la actividad rural familiar. Se casó con Ernestina Gándara Casares, descendiente de las familias Gándara y Casares, y juntos tuvieron nueve hijos. En 1885, según la reconstrucción histórica de Rosendi, comenzó a tomar forma el establecimiento que llevaría el nombre de su esposa: la Estancia Ernestina.
El lugar alcanzó reputación mundial por su producción agrícola y ganadera, con especial reconocimiento por la calidad de sus animales y sus resultados en exposiciones. Pero el proyecto de Keen no se limitaba a la actividad rural.
Con una visión de futuro, decidió impulsar la creación de un pueblo alrededor de la estación ferroviaria. Para ello donó tierras destinadas al paso del ferrocarril y promovió la construcción de las primeras viviendas y locales comerciales.
La llegada del primer tren, el 1° de noviembre de 1896, quedó establecida como referencia para la fundación de Ernestina. Fue la primera parada ferroviaria y la más importante entre Lobos y 25 de Mayo y tuvo un papel central en la conexión de la región.
En 1897 ya avanzaba la instalación de las primeras ocho casas, que fueron destinadas a actividades como hotelería, fonda, panadería, carnicería y otros servicios esenciales. Así comenzó a tomar forma una población que llegó a reunir cerca de 2.000 habitantes y a convertirse en un punto de referencia para los campos vecinos.
Una capilla levantada en memoria de una hija
Entre los edificios más representativos de Ernestina se encuentra la capilla Nuestra Señora de Luján, cuya historia, según explica Rosendi, está atravesada por una pérdida familiar. La primogénita de Enrique Agustín Keen y Ernestina Gándara Casares, Ernestina, conocida como «Ernestinita», murió de tuberculosis siendo adolescente, una pérdida que marcó profundamente a sus padres.
El historiador vincula con ese dolor la decisión familiar de impulsar la construcción de la capilla, que fue bendecida el 23 de marzo de 1912, en una ceremonia que recuerda como uno de los grandes acontecimientos de la historia local. La obra estuvo a cargo de constructores de 25 de Mayo.
Alrededor del templo se construyó con los años una historia propia, alimentada también por interrogantes que todavía no cuentan con una respuesta documental concluyente. Entre ellos aparece la versión de que los restos de la joven habrían sido trasladados desde el cementerio de la Recoleta hasta una cripta bajo la capilla. Rosendi investigó esa posibilidad, pero reconoce que no pudo confirmarla mediante documentación fehaciente.
El colegio, el teatro y la vida social
El crecimiento de Ernestina también se expresó en la educación y la cultura. La familia Keen impulsó y costeó totalmente la creación de un colegio privado de pupilos, confiado a una congregación religiosa, que recibió estudiantes de la localidad y de otras zonas.
Rosendi recuerda que el establecimiento tuvo una presencia importante durante décadas y que muchas familias valoraban la educación que allí recibían sus hijos. Reconoce que era un colegio de disciplina estricta, propio de aquella época, aunque cuestiona que se presenten como hechos probados las versiones sobre torturas y muertes difundidas recientemente.
Junto al colegio funcionó el Teatro Argentino, un edificio de características singulares para una localidad de esas dimensiones. Según el historiador, contaba con una acústica destacada y capacidad para alrededor de 200 espectadores.
Allí se realizaron espectáculos musicales y presentaciones líricas que convocaban a vecinos de distintos puntos de la región. La vida comunitaria también tuvo como escenario el Prado Argentino, un espacio destinado a reuniones, bailes y celebraciones populares, especialmente durante los carnavales.
Las fiestas callejeras y los corsos formaron parte de una época en la que Ernestina reunía a una numerosa concurrencia. A ese entramado se sumaban la escuela, los comercios, la farmacia, el correo y otros servicios.
Entre las familias pioneras que recuerda Rosendi se encuentran los Locatelli, «Félix Locatelli fue uno de los grandes de Ernestina», asegura el historiador. Destaca también a su hermana, Josefina Locatelli, a quien identifica como la primera directora de la escuela primaria local.
Una historia que todavía tiene mucho por descubrir
La riqueza histórica de Ernestina no se limita a sus edificios. También incluye su desarrollo agropecuario, las estancias de la zona, las familias que impulsaron la producción rural y los personajes que pasaron por el lugar.
Rosendi menciona la importancia que alcanzó la explotación ganadera y agrícola de la Estancia Ernestina, así como la actividad de establecimientos industriales que funcionaron en la región. Recuerda, además, las historias vinculadas a los corsos, las reuniones sociales y la llegada de visitantes que dejaron su huella en la memoria colectiva.
Entre los episodios que más resuenan figura el paso por la zona del entonces Príncipe de Gales, Eduardo, en agosto de 1925, durante su visita a la Argentina. Su viaje hacia la Estancia Huetel alimentó durante décadas distintas versiones sobre una posible parada en Ernestina. El historiador sostiene que el tren atravesó la localidad, pero cuestiona que el Príncipe hubiera tenido previsto descender allí sino que el pueblo se agolpó en la estación para saludar a la comitiva que sólo iba a pasar porque según el protocolo nunca estuvo previsto que descendiera. «Hubo rumores que había bajado pero no fue así, son sólo rumores pueblerinos», aclara Rosendi.
Para el historiador, ese tipo de relatos muestran la necesidad de investigar, contrastar testimonios y consultar documentos antes de convertir una versión en verdad histórica.
Su trabajo de recopilación se apoyó durante años en entrevistas con antiguos pobladores y en el vínculo con descendientes de la familia fundadora. Entre esas fuentes destaca a Sara Escudero, nieta de Enrique Agustín Keen y Ernestina Gándara Casares, quien le facilitó documentación y recuerdos familiares. También hizo una mención especial para la sobrina nieta del fundador de Ernestina, Susana Keen, con quien está en diálogo.
“En Ernestina más buscás, más encontrás”, resume el historiador al describir una tarea que considera inagotable. Cada edificio, cada objeto antiguo y cada rincón del pueblo puede aportar nuevas pistas sobre su pasado.
La polémica y el respeto por la comunidad
Al referirse al informe televisivo que despertó controversia, Rosendi es categórico respecto de su propia experiencia: asegura que, durante décadas de investigación y conversaciones con antiguos vecinos, no recogió testimonios que respaldaran las versiones sobre fenómenos paranormales, torturas o muertes ocultadas en el antiguo colegio.
Rosendi asegura que hay un grupo que hace algunos años venían reproduciendo este tipo de versiones de fenómenos paranormales y son los que llamaron al periodismo y desde donde nació el polémico informe. «Este grupo ofendió al pueblo, a la historia de Ernestina y a la memoria de los fundadores de la localidad: la familia Keen. Podés hacer historia pero no inventar lo que no existe», expresa el historiador.
Su testimonio es el resultado de sus búsquedas e investigaciones, aunque no permite por sí solo confirmar ni descartar todas las afirmaciones difundidas. Para establecer hechos de esa gravedad hacen falta pruebas documentales y testimonios verificables.
Lo que sí plantea el historiador es su preocupación por el efecto que este tipo de relatos puede tener sobre una comunidad pequeña, que enfrenta dificultades para retener a sus habitantes y sostener sus actividades. “Por respeto a una comunidad que luchó por sobrevivir, no ofendamos más la historia de Ernestina», pide y resalta que «fue siempre un pueblo sano y cultural. Levantemos entre todos a Ernestina”.
Su reclamo apunta también a la memoria de quienes hicieron posible el pueblo y a las generaciones que crecieron allí, trabajaron en sus establecimientos y encontraron en sus instituciones un lugar de pertenencia.
A 130 años de aquel primer tren, Ernestina conserva mucho más que una estación y un conjunto de edificios antiguos. Guarda historias familiares, recuerdos de una vida social intensa, testimonios de su desarrollo productivo y un patrimonio que merece ser investigado, cuidado y transmitido.
En este particular aniversario, la invitación es a mirar más allá de las versiones que ocuparon los titulares y a reconocer el valor de una localidad que forma parte de la historia de 25 de Mayo. Conocer su pasado, preservar sus huellas y escuchar a quienes lo reconstruyen, como lo intenta hacer esta nota, también es una forma de acompañar a quienes hoy siguen viviendo allí y a servir a la memoria de sus fundadores.




