Por Mariana Massa, de la Redacción de Baires Centro
Hay historias que no terminan cuando llega el alta médica. La enfermedad puede quedar atrás, los estudios empezar a dar bien y la vida recuperar su ritmo, pero hay experiencias que dejan marcas que tardan mucho más en acomodarse. El veinticinqueño Ignacio “Piñón” Piñero tenía apenas 18 años en el año 2010 cuando un diagnóstico de linfoma de Hodgkin cambió su vida. Atravesó meses de tratamiento, un autotrasplante y años de controles. Con el tiempo volvió a trabajar, disfrutó de la juventud, formó una familia y construyó nuevos proyectos. Sin embargo, muchos años después de aquella enfermedad, tuvo que enfrentarse a otra situación límite: una depresión que lo llevó a pedir ayuda.
En una charla profunda, «Piñón» reconstruye ese recorrido con la perspectiva que dan los años y con la franqueza de quien ya no necesita esconder las partes difíciles de su historia. Habla de la salud y de quienes lo acompañaron, pero también de los miedos que arrastró durante más de una década, de las personas que estuvieron a su lado y de lo que aprendió cuando comprendió que no siempre alcanza con poner voluntad y seguir.
Un diagnóstico que llegó demasiado pronto
Todo empezó cuando era adolescente. Tenía fiebre, poco apetito, había adelgazado, se sentía cansado y hasta después de bañarse sufría picazón y enrojecimiento en la piel. Las primeras consultas no dieron con la causa. Fue su familia quien decidió llevarlo a Junín, donde el doctor que lo atendió reconoció rápidamente que los síntomas podían estar indicando algo más serio.
“De los siete síntomas que yo tenía, le describí tres y los otros cuatro me los nombró él solo”, recuerda «Piñón». La derivación al Hospital Rossi de La Plata fue urgente. Llegó en el auto de un amigo, Claudio, sin dimensionar todavía la gravedad de lo que les estaba ocurriendo. Cuando los médicos lo evaluaron, encontraron que tenía las plaquetas muy bajas y que su estado requería atención inmediata.
El diagnóstico fue linfoma de Hodgkin grado 3, localizado en el mediastino. De un momento a otro, la vida de un chico de 18 años que todavía tenía años de escuela por delante quedó organizada alrededor de las internaciones, la quimioterapia y los controles médicos.
La primera etapa fue especialmente difícil. Permaneció alrededor de 40 días internado y luego comenzó un tratamiento que se extendió durante meses. En ese camino hubo profesionales que dejaron una marca profunda. Entre ellos, la oncóloga Nora Duymovich, a quien todavía recuerda como “una segunda madre”. Ella le explicó lo que venía, las etapas que tendría que atravesar y la necesidad de sostener el tratamiento y el seguimiento durante diez años.
Pero entender lo que tenía también significó tomar dimensión de todo lo que podía perder. Su vida cotidiana cambió por completo y le costó aceptar que aquel proceso no iba a resolverse de un día para el otro. Cuando comprendió la extensión del tratamiento y los años de controles que tenía por delante, algo en él se quebró.
“Mi cerebro, mi cabeza dijo que no quería seguir”, cuenta. No abandonó la atención médica, pero dejó de hacer planes y de imaginar demasiado el futuro. Decidió ponerse en manos de quienes lo trataban y atravesar cada etapa como pudiera. A Nora llegó a decirle: “Te dejo el cuerpo y hacé lo que tengas que hacer”.
La suerte de recibir sus propias células
Cerca de dos años después del diagnóstico llegó el autotrasplante. «Piñón» tenía alrededor de 20 años y recuerda aquel momento como una oportunidad enorme en medio de una historia que había comenzado con mucho miedo. “Tuve la suerte de recibir mi propia médula”, resume.
En su caso, el procedimiento se realizó con sus propias células madre, que fueron movilizadas y recolectadas de la sangre para luego ser preservadas y reinfundidas después del tratamiento. No necesitó encontrar un donante compatible, porque las células utilizadas eran las suyas. La recuperación incluyó días de aislamiento, sin defensas, y una espera en la que cada resultado importaba. Sin embargo, sus valores comenzaron a mejorar antes de lo previsto y pudo dejar la internación más rápido de lo que se esperaba. Después permaneció en La Plata, cerca del hospital, para realizarse controles diarios, hasta que finalmente pudo regresar a su 25 de Mayo natal.
Aquel regreso abrió una etapa distinta. “La disfruté”, cuenta al recordar los años siguientes. Las motos, los encuentros, los amigos y las pequeñas cosas de todos los días empezaron a ocupar el lugar que durante mucho tiempo había tenido la enfermedad. Sentía que había perdido parte de la adolescencia y que había tenido que madurar antes de tiempo, pero ahora podía recuperar algo de esa vida que había quedado suspendida.
Dos meses antes de su diagnóstico había llegado Gisela. Se conocieron el 2 de enero de 2010 y, desde entonces, ella se convirtió en una compañía fundamental. «Piñón» habla de su presencia con gratitud: de quedarse, de cuidar, de atravesar juntos las etapas difíciles. Hoy llevan más de 16 años de pareja y tienen dos hijos, Bruno y Nino.
La historia del trasplante también lo lleva a pensar en quienes no tienen la posibilidad de recibir sus propias células. Aunque él no necesitó un donante, sabe que para muchos pacientes encontrar una persona compatible puede ser decisivo para acceder a un trasplante. Por eso, hablar de su experiencia permite poner sobre la mesa la importancia de informarse sobre la donación de células progenitoras hematopoyéticas, conocidas habitualmente como células de la médula ósea.
Su caso fue un autotrasplante, pero no todas las historias son iguales. Para quienes necesitan células de otra persona, la existencia de donantes puede abrir una posibilidad concreta de tratamiento. Detrás de esa búsqueda hay pacientes y familias que esperan una oportunidad, muchas veces sin saber quién podrá ofrecérsela.
«Piñón» atravesó los controles durante diez años. Los estudios, las visitas médicas y los viajes a La Plata formaron parte de su vida durante ese tiempo. Incluso cuando todo parecía estar bien, algunos olores o situaciones vinculados con el hospital podían devolverlo a aquellos años y despertarle una angustia difícil de explicar. Cuando llegó el alta definitiva, la familia pudo sentir el alivio de cerrar una etapa que había condicionado la vida de todos.
Parecía que lo más duro había quedado atrás. Pero todavía había algo que Piñón no había podido resolver.
Lo que no se veía desde afuera
Durante años convivió con ataques de pánico. Aprendió a reconocerlos, a atravesarlos y a continuar con sus actividades. Si después de una crisis lograba sentirse mejor, volvía a lo que tenía que hacer y postergaba cualquier decisión sobre cómo tratar aquello que le pasaba. “Bueno, sigo, sigo. Después veo qué hago. Después veo”, describe sobre esa manera de seguir adelante.
No sostuvo un tratamiento en su salud mental. Con el tiempo, los ataques de pánico se volvieron algo con lo que había aprendido a convivir, aunque eso no significara que estuviera bien. Hoy, cuando mira hacia atrás, reconoce una deuda consigo mismo: “Mi gran error fue no hacer terapia”.
En 2025 llegó una crisis que ya no pudo manejar de la misma manera. Todo comenzó con un fuerte dolor abdominal que motivó una internación en 25 de Mayo, era su apéndice y tuvo una cirugía exitosa. En el hospital, algunos detalles del lugar le recordaron las habitaciones donde había estado internado en La Plata durante su adolescencia. La situación despertó recuerdos y sensaciones que lo desbordaron.
El dolor físico y la angustia se mezclaron durante horas. Cuando volvió a su casa, por más que su estado de salud estaba perfecto, el malestar emocional continuó y se volvió cada vez más difícil de sobrellevar. Llegó a tener pensamientos negativos. En ese momento, en lugar de guardarse lo que le pasaba o esperar a que desapareciera, hizo algo que hasta entonces le había costado: habló con las personas más cercanas y pidió ayuda. “Necesito que me salven de vuelta”, les dijo a Gisela y a su hermana Marta.
La frase describe el peso de aquel momento. «Piñón» ya había atravesado una enfermedad grave, pero esta vez necesitaba reconocer que no podía salir solo. Con el acompañamiento de su familia llegó a una consulta psiquiátrica en Chivilcoy, donde recibió un diagnóstico de depresión profunda y comenzó un tratamiento.
Hablar de esa etapa no le resulta sencillo, pero tampoco quiere ocultarla. En 2025, mientras desde afuera podía parecer que todo marchaba bien, él estaba atravesando uno de los períodos más difíciles de su vida. Junto con su hermana había puesto en marcha un emprendimiento gastronómico; tenía una familia, responsabilidades y proyectos. Nada de eso impedía que estuviera mal.
“La depresión se disfraza de alegría”, plantea. Una persona puede trabajar, encontrarse con amigos, sonreír, ocuparse de sus hijos y cumplir con sus obligaciones sin que los demás alcancen a advertir lo que está viviendo. Incluso puede acompañar a otros en sus propios problemas mientras no encuentra la manera de hablar de los suyos.
Por eso insiste en que la salud mental no debería quedar relegada hasta que una situación se vuelve insoportable. Él conoce el costo de postergar esa ayuda durante años y se pregunta cuánto podría haber cambiado su recorrido si hubiera tenido un espacio terapéutico sostenido antes de llegar a aquella crisis.
“No soy un profesional, pero te puedo contar mi experiencia y cómo lo manejé”, aclara. No pretende dar recetas ni presentar su historia como una respuesta que sirva para todos. Sí quiere compartir algo que aprendió de la manera más difícil: pedir ayuda no es fracasar ni significa que uno no pueda seguir adelante. “No le tengan miedo a un psicólogo”, es el mensaje que elige dejar.
Volver a mirar la vida
El nacimiento de sus hijos también modificó la forma en que Piñón mira lo que vivió. Cuando Bruno era bebé y debió permanecer en una incubadora, pudo comprender de otra manera lo que habían atravesado su madre y su hermana mientras él estaba internado. Recordó las noches lejos de casa, las dificultades para conseguir dónde dormir y la incertidumbre de no saber cómo iba a evolucionar.
Con el tiempo, aquella experiencia le permitió mirar el sufrimiento de su familia desde otro lugar. Ya no era solamente el adolescente enfermo que recibía cuidados, sino también un padre que podía imaginar lo que significa esperar noticias de un hijo.
La llegada de Nino, su segundo hijo, y una mudanza reciente fueron, además, una prueba personal. Después de la depresión, temía que los cambios y las emociones intensas pudieran desencadenar otra crisis. Habló de esos temores con la profesional que lo acompañaba. Esta vez, pudo atravesar esos acontecimientos sin que se repitiera lo que tanto miedo le daba.
No significa que haya olvidado lo vivido ni que tenga todas las respuestas. Significa que ahora reconoce señales que antes pasaba por alto y que aprendió a no esperar a tocar fondo para hablar de lo que le sucede.
También cambió su manera de pensar los tiempos de la vida. Durante años imaginó que a determinada edad tendría su casa y habría cumplido ciertos objetivos. Hoy, con 35 años, todavía tiene ese sueño pendiente, pero ya no lo mide de la misma manera. Sabe que hay cosas que no suceden cuando uno las planea y que cada persona recorre su propio camino.
La historia de Ignacio “Piñón” Piñero empezó cuando era muy joven, con una enfermedad que lo obligó a detenerse y a reorganizar su vida alrededor de un tratamiento. Después llegaron el alta, la familia, los proyectos y una década en la que creyó que podía dejar atrás el miedo sin revisar demasiado sus marcas. Hasta que tuvo que volver a empezar, esta vez desde un lugar diferente.
Hoy, desde 25 de Mayo, elige contar lo que le pasó. Habla del autotrasplante y de la importancia de la donación, pero también de la depresión, de la terapia y de la necesidad de pedir ayuda a tiempo. No se presenta como un ejemplo ni como alguien que encontró una fórmula para superar las dificultades. Habla como alguien que atravesó momentos muy distintos y que, después de mucho postergarlo, pudo reconocer que también necesitaba que lo acompañaran.
Quizás por eso, entre todos los recuerdos de su historia, hay una frase sencilla que vuelve una y otra vez: “Después veo qué hago”. Durante años le sirvió para seguir sin detenerse. Ahora sabe que seguir también puede significar hacer una pausa, hablar con alguien y dejarse ayudar.
