La liberación del gendarme Nahuel Gallo no sólo significó su regreso al país tras más de un año detenido en Venezuela. También desató un fuerte cortocircuito político entre el Gobierno nacional y la Asociación del Fútbol Argentino (AFA).
El dato que encendió la polémica fue el vuelo en el que Gallo volvió a la Argentina: vinculado a la estructura de la AFA y gestionado en el marco de contactos que la entidad deportiva mantiene en el exterior. La imagen del gendarme regresando en un avión asociado al fútbol argentino generó ruido inmediato en la Casa Rosada.
Desde el entorno del Presidente Javier Milei dejaron trascender su malestar y deslizaron que la AFA deberá dar explicaciones sobre el alcance de sus gestiones con autoridades venezolanas, en un contexto donde Argentina no mantiene relaciones diplomáticas formales con ese país. En el oficialismo molestó que la entidad encabezada por Claudio Tapia capitalizara públicamente la liberación, interpretándolo como un intento de ganar centralidad política en medio de una relación ya tensa con el Ejecutivo.
Desde la AFA, en cambio, defendieron su intervención como un gesto humanitario y remarcaron que el deporte puede funcionar como puente incluso cuando la diplomacia está congelada.
El trasfondo va más allá del caso puntual. La disputa reaviva la fricción entre el Gobierno y la conducción del fútbol argentino, que viene acumulando diferencias en distintos frentes. La liberación de Gallo terminó así convertida en un nuevo capítulo de esa pulseada, donde el debate ya no es sólo quién gestionó el regreso, sino quién se queda con el rédito político del desenlace.
